Hace varios años comencé a colectar botes que habían contenido productos que yo mismo había consumido, un poco por que algunos de ellos me gustaban y pensaba que su diseño era estético más allá de su función de “contener”, me gustaba la idea de reciclarlos y reutilizarlos hasta llegué a encariñarme con algunos. En algún momento sentí que también eran parte de mi, de hecho en muchos casos su contenido estaba dentro de mi; vitaminas, jugos, refrescos, aceites, condimentos, helados, mermeladas, etc. (ahora también se los pido a mis amigos).
Comencé a clasificarlos, fotografiarlos y reflexionar sobre la idea del contenido y la forma -viejo dilema- de la relación del interior-exterior, del afuera-adentro, de la obsesión por acumular y guardar estos objetos que son verdaderas esculturas de una industria contemporánea que todo lo diseña, rediseña y nos lo presenta de la forma más seductora y convincente.
Lo que convierte a estas pequeñas esculturas que nos rodean en objetos antropológicos es toda la información que dan sobre nosotros, sobre como vivimos, que consumimos y claro, quienes somos.
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